
Quizás este es el post más íntimo y bestia que voy a escribir, pero necesito verbalizar y compartir esto que he mantenido tan dentro, casi oculto en el último año y medio. Y digo casi oculto no porque fuera un secreto, sino porque no he sabido encontrar palabras y circunstancias adecuadas para nombrar todo lo que me atravesó y me sigue atravesando. Por eso, sólo unas pocas personas lo saben (y se pueden contar con una sola mano).
A finales de 2024 mi pareja y yo decidimos buscar el tercer bebé. Nos hacía ilusión ser familia numerosa, a mi me parece algo muy especial, quizás será porque en mi casa fuimos cuatro hermanos. Mis dos anteriores embarazos habían llegado rápido, pero este costó un par de meses más de lo esperado (evidentemente la edad es un factor que influye). En enero de 2025 llegó el positivo y de nuevo sentí ese pellizco en el estómago, esa felicidad… Me esperé a la noche para decírselo a mi marido. Los dos respiramos de alivio de haberlo conseguido más o menos pronto. Bebé 3 estaba en camino. Aún así, decidimos esperar a una primera ecografía y confirmar que estaba todo bien antes de decírselo a las niñas.
Las siguientes semanas fueron como era de esperar, con muchos miedos e incertidumbre, además tenía los exámenes de la universidad ya encima y tenía que estudiar casi a tiempo completo, así que se hizo difícil. Cuando estaba de 6 semanas fui a ver a mi ginecólogo de confianza (privado). Los primeros síntomas comenzaban a aparecer de forma suave: pechos algo hinchados, cansancio y mucho sueño. En la eco parecía estar todo bien, excepto que el tamaño parecía no corresponder del todo con las 6 semanas que debía tener. El ginecólogo me quiso tranquilizar diciéndome que a veces la ovulación ocurría un poco más tarde, pero su cara me decía otra cosa. Me aferré a la esperanza, a ese débil latido que se intuía, pero en el fondo me quedé bastante preocupada. Me dijo de esperar 3 semanas para volver a verlo y yo me fui de allí con el corazón encogido, como cuando retienes el aire porque crees que si respiras te van a dar el susto de tu vida.

Ya puedes imaginar cómo pasé esas semanas. Mi marido era optimista (quizás por primera vez él era más optimista que yo), pero lo que creo que ocurría es que él lo veía que podía ir algo mal, no sabía qué porcentaje tan alto de embarazos no llegan a término. Yo quería también ser optimista pero había una voz interior gritando fuerte el pero de los resultados. Cada uno de los días incluí en mis meditaciones una visualización de mi bebé, deseando que fuera todo bien, tratando de confiar, imaginando cómo crecía mi bebé dentro de mi, aferrándome a cada síntoma que aparecía, luchando por que mi mente no creara síntomas que no eran reales. Fue muy duro pero mantuve la esperanza.
El 25 de febrero fui de nuevo a ver a mi ginecólogo. Al día siguiente tenía la primera eco de la seguridad social, pero decidí también mantener la del privado porque pensé que si alguien tenía que darme una mala notícia prefería que fuera él y no alguien que no conocía. Me senté en la camilla con el corazón en un puño, me puso el ecógrafo sobre el vientre y la cara le cambió… Me dijo que me quitara la parte de abajo para hace eco vaginal y asegurarse. Tras unos segundos eternos negó con la cabeza… «parece que no ha prosperado, lo siento». El dolor me cayó como un gran peso sobre mi pecho que no me dejaba respirar, porque yo no quise escuchar esa voz que me gritaba lo inevitable, no quise hacerle caso, mi bebé tenía que vivir… No pude ni llorar, quizás porque sin querer me había preparado para oír aquello. No sólo estaba sufriendo un aborto espontáneo, sino que además era un aborto retenido. Gracias a la sensibilidad de mi ginecólogo me pude sentar, sin prisa, me explicó que esto no tenía nada que ver con la edad, que esto pasa muy a menudo aunque nadie quiere que le toque. Porque el embrión era tan pequeñito no haría falta legrado, se iría solo y que podía elegir si quería esperar o tomar medicación para que acabara cuanto antes. No era capaz de decidir, además le comenté que al día siguiente tenía la visita en la seguridad social. Me dijo que fuera a ver qué procedimiento me ofrecían desde allí, y que él me iba a dar la pastilla para que yo decidiera en casa si me la quería tomar o no cuando estuviera más calmada. Y así lo hice. Fue la vuelta a casa más triste de mi vida. La gente a mi alrededor seguía con su día como si nada, mientras yo me moría por dentro.
Al llegar a casa tuve que actuar como si nada porque estaban las peques, que no sabían nada. Ya cuando las acosté fui a la cocina donde estaba mi marido y se lo conté entre lágrimas. Por fin me permitía a mi misma llorarlo. Él me miró totalmente sorprendido, su cara reflejaba desconcierto, realmente no se le había pasado por la cabeza en ningún momento que pudiera pasarnos algo así.
Esa noche hubo un silencio inusual. Empezaron a aparecer pensamientos por mi cabeza. Yo no necesitaba pasar por esto, esto no me enseñaba nada, yo ya empatizaba muchísimo con las madres que perdían a sus hijos, no me hacía falta esta experiencia vital, no necesitaba un aborto para aprender nada… estaba enfadada y triste. Pensé en todo el tiempo que llevaba llevando a mi bebé sin vida dentro de mi, eso era lo más demoledor. En esos momentos no hay nada, absolutamente nada que te consuele.
Esa noche hubo un silencio inusual. Empezaron a aparecer pensamientos por mi cabeza. Yo no necesitaba pasar por esto, esto no me enseñaba nada, yo ya empatizaba muchísimo con las madres que perdían a sus hijos, no me hacía falta esta experiencia vital, no necesitaba un aborto para aprender nada… estaba enfadada y triste. Pensé en todo el tiempo que llevaba llevando a mi bebé sin vida dentro de mi, eso era lo más demoledor. En esos momentos no hay nada, absolutamente nada que te consuele.
Tras la cita en la seguridad social decidí no hacer nada. Me propusieron lo mismo, o medicación o esperar. Así que sí, decidí hacer un manejo expectante, decidí que mi cuerpo lo hiciera solo y que me bebé decidiera cuándo. Muchas os preguntaréis por qué decidí así, que qué necesidad de alargar el dolor, pero yo necesitaba despedirme cuando él aún estaba en mi, necesitaba dejar que ocurriera sólo sin meter medicación en mi cuerpo. No digo que no fuera difícil. Los siguientes días sucedieron sin más, con una tristeza absoluta y preguntándome constantemente por qué mi cuerpo no se daba cuenta de que mi bebé ya no vivía, por qué lo retenía. Hoy estoy segura de que hay algo energético ahí, de alguna manera, inconscientemente, no dejaba ir a mi bebé.
Esos días también medité mucho, le hablé, le escribí una carta y me despedí. Al cabo de 3 días mi cuerpo empezó a sangrar poco a poco. Primero fue un ligero manchado rosa y con los días fue haciéndose más evidente. No te miento si te digo que cada vez que iba al baño y me limpiaba, el miedo a ver algo que se pareciera a un embrión me bloqueaba. Los médicos que dijeron que tendría un sangrado parecido a una regla abundante, pero unos cuatro días después del primer sangrado, coincidiendo además con el cumpleaños de mi primera hija y al llegar a casa de su fiesta de cumpleaños, noté que el sangrado era muy abundante y que no se cortaba. Había estado toda la tarde teniendo pequeñas contracciones y aquello no paraba, nunca había visto tanta sangre saliendo de mi. Me asusté, mi marido también, y decidimos llamar a su madre para que se quedara con las niñas, que estaban durmiendo, mientras iba a urgencias. La eco de urgencias reveló que aún estaba el embrión, aún no había salido, y que el sangrado era normal. Tocaba seguir esperando.
Lo realmente traumático ocurrió al día siguiente. Yo sólo quería quedarme en la cama y transitar lo que me estaba pasando tranquila y encerrada. Pero como te he comentado antes, el día anterior había sido el cumpleaños de mi hija mayor y le habíamos prometido llevarla a ver una película al Hemisferic y comer por ahí. No me veía capaz de explicarle en un momento así lo que me estaba pasando, y tampoco quería que se quedara sin su celebración y su regalo, así que decidí hacer de tripas corazón y hacer como si nada pasara. Durante la comida noté contracciones que fueron empeorando. No te diré que eran tan intensas como en un parto pero se parecían algo (y sé de lo que hablo tras dos partos sin epidural). Recuerdo que algunas me obligaban incluso a concentrarme y respirarlas. Al levantarnos para entrar a ver la película noté cómo la sangre empezó a salir de forma abundante. Fui corriendo al baño y mi hija menor se vino detrás. Sinceramente, si llego a saber lo que iba a ver no le hubiera dejado entrar conmigo. Siento si estoy dando demasiado detalle, pero creo importante dar a conocer lo que ocurre exactamente si por desgracia te ves en una situación parecida, porque lo que a mi me dijeron que era como una regla abundante, no fue así en absoluto, fue muchísimo más intenso. Cuando me senté en el wc la sangre ya me había cubierto la gran compresa que llevaba, la ropa interior y los leggins que llevaba bajo la falda y me resbalaba por las piernas. Traté de no ponerme demasiado nerviosa delante de mi hija, y la pobre no me decía más que «no pasa nada mamá, es la regla». Yo nunca me he escondido de mis hijas cuando he tenido la regla así que ella lo relacionó. Pero no quería que se quedara con esa imagen de lo que era tener la regla, así que simplemente le dije: «no cariño, esto no es la regla, es que mamá está malita, pero se me pasará». Ella sólo se dedicó a tranquilizarme. Le dije que saliera y fuera a buscar a papá. Yo mientras me limpié como pude, pero tenía la ropa empapada en sangre (suerte a la falda que tapaba el desastre). Salí, me acerqué a mi marido que estaba ya en la cola para entrar y le dije que entrara él con las niñas, que yo no iba a poder sentarme sin mancharlo todo. Como eran solo 45 minutos yo esperaría fuera dando un paseo.
Esos momentos fuera los utilicé para encontrar un poco de calma dentro del drama que estaba viviendo, sólo tenía ganas de llorar, sentía que ahora sí mi bebé se había ido. Y lo demás ya te puedes imaginar: volví a casa, me duche y lloré bajo la ducha todo lo que había estado reteniendo los dos días anteriores.
Seguramente te preguntes por qué no me quedé yo en casa ese día, por qué no se lo conté a mis hijas y le dimos el espacio a que sucediera como tenía que suceder. Y la verdad es que fue porque pensé que así protegía a mis hijas de algo que consideraba demasiado triste como para podérselo explicar, me dolía tanto que no podía compartirlo con ellas, ni con nadie. Y de repente convertí la situación en lo contrario a lo que he predicado desde que me formé como doula: una mujer que pasa por algo así necesita hablarlo, necesita recibir ayuda, acompañamiento, sostén, no tiene que pasarlo sola ni ocultarlo, porque el dolor merece ser escuchado. Yo, en cambio, no se lo conté a nadie, sólo a mi suegra, y porque vino a quedarse con las niñas la noche que fuimos a urgencias. ¿Por qué? Pues no lo sé, porque después sólo sucedieron días en los que teníamos que seguir con nuestras vidas, yo tenía que seguir encargándome sola de las peques (porque mi marido trabajaba todo el día). Me notaba débil y triste todo el tiempo. No tenía nadie con quien hablarlo. Nadie tampoco me preguntó (no, tampoco mi suegra). Mi marido no me sacaba el tema, en un torpe intento de no hacer que me sintiera peor. Fue el duelo más solitario y desolador que he hecho en mi vida. Aun hoy, después de año y medio y un bebé, me sigue doliendo, pero que me duela no significa que no quiera hablarlo.
Y quizás este es el mensaje que quiero enviar. Que algo sea doloroso no significa que no haya que mencionarlo, las madres que hemos perdido a nuestros bebés, sea cuando sea, necesitamos nombrarlos, porque, aunque fueran muy pequeños (como en mi caso), existieron, vivieron en nuestro vientre, dejaron sus células en nuestro interior, son nuestros hijos, que, desgraciadamente tuvieron que partir antes de poderles abrazar.
Si has pasado por eso te mando un abrazo, pero de verdad. Si lo estás pasando ahora trata de rodearte de calor humano, y si no lo tienes que me ocurrió a mi, aquí te dejo mi correo electrónico para que te desahogues, para que lo verbalices, para que lo sueltes… hola@noctambulando.com . Te leeré y te contestaré y trataré de mandarte algo de calorcito para que no lo transites sola, por supuesto, de forma totalmente desinteresada.
Un abrazo.
Nat.
Instagram: @nat_noctambulando

